UNA NUEVA PIEL

Por Gisela Luján

Si estás leyendo esta columna, es porque quizás tu también vives un proceso de duelo... Antiguo o reciente. Tu también estás cubriendo tu antigua piel con una nueva piel, hecha de tristezas y de nostalgias. De reminiscencias del pasado. Una nueva piel expuesta al mundo, que carece de protección. Por un tiempo, que puede ser corto o largo, vamos por la vida mostrando esta nueva piel. Cualquier roce por suave y delicado que sea, produce un dolor tan intenso que nos deja abatidos y sin fuerzas. A medida que avanzamos en nuestro proceso de duelo, esta nueva piel se vuelve un poco más elástica, más resistente al contacto con otras personas, con el mundo. Pero siempre queda una huella en esta nueva piel. Una huella que nunca desaparecerá porque hemos quedado marcados por la triste experiencia que hemos vivido. Esta huella permanente se pone al descubierto cuando menos lo esperamos, como un recordatorio constante de ese dolor antiguo o reciente.

El duelo duele. Físicamente, espiritualmente, emocionalmente. Nos resta energía, dejándonos sin fuerzas para funcionar en nuestra rutina diaria. Y es necesario permitir que el duelo duela. Aceptar que el dolor nos cobije, que sea nuestro constante compañero. Una sombra que nos arropa de día y de noche, como un manto pesado. De nada vale tratar de luchar contra el dolor. De nada vale tratar de huir de él. No importa cuantos años hayan pasado, si no enfrentamos y vivimos nuestro duelo intensamente, tarde o temprano nos alcanzará con tal fuerza, que puede afectar nuestra salud física y mental.

¿Cómo podemos comenzar a elaborar nuestro proceso de duelo? ¿Cómo podemos recorrer este camino solitario y aterrador? Asumiendo que nuestro duelo es único, personal y solitario. Dándonos permiso para contactar la cantidad de sensaciones físicas y sentimientos que acompañan el duelo: ansiedad, miedo, rabia, tristeza, angustia, desesperanza. Siendo congruentes con nuestros sentimientos, pensamientos y acciones. Buscando recursos externos e internos que nos ayuden a salir adelante. Necesitamos primero buscar afuera, tomar lo que la vida nos ofrece y aferrarnos a ello para poder seguir funcionando aunque sea como autómatas, porque estamos tan destrozados internamente que sólo quedan pedazos de nuestro ser. Hemos perdido el norte, la directriz. Hemos perdido el sentido de nuestras vidas. Vivimos de instantes... de minutos. Nuestra capacidad de proyectarnos hacia el futuro desaparece y nos preguntamos una y otra vez cómo podremos seguir viviendo.

Pero sí podemos. Si tu duelo es reciente te parecerá imposible. Si tu duelo lleva algunos años, probablemente ya has avanzado en tu proceso de reconexión con la vida y sabes que sí se puede volver a vivir, a disfrutar de experiencias nuevas, a reír y a ser parte de nuevo de la vida y de la felicidad de otras personas.

Recientemente recibí la invitación a la boda de mi sobrina. Mi primera reacción fue buscar excusas para no asistir. Me duele profundamente no poder tener esa experiencia con mi hija. Me duele ser sólo espectadora en la boda de mi sobrina. Reconozco mi lucha interna. Asumo mi dolor. Una parte de mí quiere estar presente y participar de la alegría de mi sobrina. Otra parte de mí rechaza la experiencia. Se siente triste y no quiere asistir.

Con el paso de los días he comenzado a sentir deseos de compartir la felicidad de mi hermana, mi cuñado, mi sobrina. Comprendo que es un evento importante en sus vidas. Esa es su realidad. La mía es distinta. Esta forjada de añoranzas y proyectos que nunca se llevarán a cabo con mi hija. Pero no es necesario tomar una decisión hoy. Dejaré que mi corazón y no mi razón decidan ¡Quién sabe! Puede ser que ese día lo disfrute... o puede ser que me arrope con la piel del disimulo.

Y tú... ¿Con qué piel arropas tu tristeza?

 

Gisela Luján
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